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martes, 7 de julio de 2026

El cuerpo también participa en la terapia

Cuando pensamos en un trauma, solemos imaginar recuerdos dolorosos, pensamientos o emociones intensas. Sin embargo, el cuerpo también guarda parte de esa experiencia. A veces lo hace a través de tensión muscular, respiración superficial, una sensación constante de alerta o, por el contrario, de desconexión.

En enfoques como EMDR, cada vez cobra más importancia integrar la atención al cuerpo durante el proceso terapéutico. No se trata únicamente de recordar lo ocurrido. Una persona puede narrar un evento traumático con muchos detalles y, aun así, permanecer desconectada de lo que está sintiendo físicamente.

En esos casos, el recuerdo puede estar siendo contado desde la mente, mientras el cuerpo continúa reaccionando como si el peligro siguiera presente. Observar la respiración, la postura, las sensaciones corporales o los impulsos naturales de movimiento ofrece información valiosa sobre cómo el sistema nervioso está procesando esa experiencia.

El objetivo no es intensificar el malestar ni acelerar el proceso terapéutico. Al contrario, se busca ayudar a la persona a desarrollar la capacidad de acercarse a sus sensaciones de manera gradual, segura y dentro de lo que puede tolerar, fortaleciendo su sensación de estabilidad.

Con el tiempo, esta integración favorece que el cuerpo también pueda reconocer que aquello ocurrió en el pasado y que, en el presente, existe mayor seguridad. El cuerpo deja de ser solo el lugar donde aparecen los síntomas para convertirse también en una fuente de información y recuperación.

Al final, sanar un trauma no implica únicamente comprender lo que pasó. También significa que el cuerpo pueda dejar de responder como si todavía estuviera viviendo esa historia. Cuando mente y cuerpo participan juntos en el proceso, la recuperación suele ser más profunda e integrada.


sábado, 4 de julio de 2026

¿Por qué la relación terapéutica importa tanto como la técnica?

Cuando las personas buscan terapia, suelen preguntar por el enfoque: cognitivo-conductual, EMDR, sistémico, psicodinámico, entre otros.

Y aunque la técnica importa, existe algo que muchas veces pasa desapercibido: la relación entre terapeuta y consultante.

La investigación en psicoterapia lleva décadas encontrando algo interesante. Más allá del modelo utilizado, uno de los factores que mejor predice el éxito de una terapia es la calidad de la relación terapéutica.

Tiene sentido.

Es difícil hablar de temas importantes con alguien en quien no confías. Es difícil explorar aspectos dolorosos de tu historia si no te sientes seguro. Y es difícil sostener conversaciones incómodas cuando percibes que la otra persona no te comprende.

La técnica puede ofrecer herramientas. Puede ayudar a organizar el trabajo clínico. Puede proporcionar un camino.

Pero la relación es el espacio donde ese trabajo ocurre.

No significa que el terapeuta tenga que agradarte en todo momento. Tampoco significa que la terapia deba sentirse cómoda siempre. A veces las conversaciones más importantes son precisamente las más difíciles.

Lo que sí suele ser necesario es sentir que existe respeto, confianza y una sensación de que ambos están trabajando en la misma dirección.

Por eso dos personas pueden recibir exactamente la misma técnica y vivir experiencias completamente distintas.

La terapia no ocurre solamente a través de métodos, ejercicios o protocolos.

Ocurre entre personas.

Y aunque una buena relación terapéutica no reemplaza la competencia profesional, muchas veces es lo que permite que las herramientas realmente funcionen.

La diferencia entre “un psicólogo” y “mi psicólogo”

Yo voy a terapia.

Yo me atiendo.
Pero no me atiendo con un psicólogo… me atiendo con mi psicólogo.

No me veo con un terapeuta.
Me veo con mi terapeuta.

Es la persona que yo busqué.
La que elegí.

Es a quien le quiero contar cuando me pasa algo.
Es a quien busco cuando necesito trabajar algo.

Porque no es lo mismo ir a un doctor que ir a tu doctor.

No es lo mismo que te atienda cualquiera que esté de turno… a que te vea alguien que ya te conoce.

Y en terapia pasa lo mismo.

Si estás buscando simplemente un psicólogo que te atienda, eso existe.

Pero si estás buscando tu terapeuta, estamos hablando de algo completamente distinto.

Ninguno es mejor que el otro.
Pero no son lo mismo.

Yo no estoy acá para ser un terapeuta.
Estoy acá para ser tu terapeuta.

Y eso no se improvisa.
Se construye.

- Izzy 💛


domingo, 21 de junio de 2026

El estigma de ir a terapia (y por qué aún existe)


Ir a terapia todavía carga con un estigma que, aunque ha disminuido en algunos contextos, sigue muy presente. Para muchas personas, la idea de acudir a un psicólogo todavía se asocia con estar “loco”, “dañado” o “enfermo”. Esa asociación simplifica demasiado algo que en realidad es mucho más complejo.

Las personas van a terapia por muchas razones. Algunas atraviesan crisis emocionales intensas: pérdidas, rupturas, ansiedad o momentos de desborde. Otras buscan ayuda porque notan que repiten patrones que no logran cambiar.

También están quienes quieren entender mejor su historia personal o familiar. Y muchas simplemente desean crecer, conocerse mejor o desarrollar herramientas para vivir con mayor equilibrio.

La idea de que solo se va a terapia cuando “algo está mal” limita lo que la terapia realmente es: un espacio de acompañamiento psicológico, exploración y cambio.

El estigma persiste en parte porque seguimos asociando la salud mental con una dicotomía rígida: sano o enfermo. En ese esquema, pedir ayuda psicológica se interpreta como una falla personal, en lugar de entenderse como un acto de cuidado.

Cambiar esa narrativa implica ampliar la conversación. Ir a terapia no define a una persona como débil o rota. Más bien, habla de alguien que reconoce sus límites actuales y decide trabajar con ellos.

Normalizar la terapia no es solo una cuestión individual. Es un cambio cultural. Y como todo cambio cultural, empieza por poder hablarlo sin vergüenza. - Izzy 💛 


martes, 10 de abril de 2018

Psicología | Hablar más de ir a terapia.


Vamos a ser francos, el estigma de ir a terapia existe, nos guste o no. Es algo que la gente asocia con estar enfermos, dañados, locos, etc. Y bueno, hay personas que van a terapia y están “enfermas” porque su salud mental está comprometida, otras tantas no están “dañadas” pero si les han hecho daño o las han lastimado, y otras no están “locas”, pero quizás sufran de un trastorno mental.

También hay personas que van a terapia porque están lidiando con una situación particular muy difícil y necesitan ayuda, guía, orientación y contención. Otras se percatan de que están repitiendo patrones (dándose una y otra vez con la misma pared) y quieren cambiar. Otras quieren entender mejor su historia, la propia y/o la familiar. Muchos van porque desean trabajar en su desarrollo individual y en su crecimiento personal.

Los terapeutas no estamos exentos de nada de esto. Después de todo, somos humanos. El “yo” (ego) está en una lucha constante con su “ello” (el id, o inconsciente) y su “súper yo” (súper ego), mediando entre los deseos de uno y las reglas del otro. Para esto pone en práctica toda una serie de defensas (sanas y naturales en su justa medida) y ante situaciones difíciles, estresantes, traumáticas y límites a veces estas defensas fracasan y caen, permitiendo la entrada del trastorno, el malestar, la enfermedad mental.

Cuando el “yo” del paciente está debilitado, el terapeuta le “presta” el suyo. En la teoría psicodinámica se dice que el terapeuta pone su “yo” sano al servicio del paciente. La palabra clave aquí es “sano”. Cuando tratamos día a día con personas con problemas emocionales y trastornos mentales, nuestra salud mental requiere cuidarse mucho.

Si lo vemos de esta forma, los terapeutas tenemos razones, motivos, derechos y responsabilidades que nos dan permiso para ir a terapia, como seres humanos y como profesionales de la salud mental.

Tomando esto en cuenta, creeríamos que todos los terapeutas vamos a terapia (no necesariamente cierto), y que todos hablamos abiertamente sobre nuestro proceso terapéutico individual (no necesariamente cierto). No hablo de ventilar cada detalle del mismo, sino de ser más abierto al respecto.

No es que tengamos que hacerlo, hablar de ello. Después de todo, cada quien tiene derecho a elegir qué aspectos de su vida personal hace públicos y cuales mantiene en privado. Sin embargo, en el caso de los psicólogos y la terapia, hay buenas razones para hablar de ello.

A mí me gusta hacerlo, y me encanta ver a otros colegas que hacen lo mismo.

¿Por qué? Bueno, primero, porque en Panamá todavía hay mucho estigma y tabú acerca de ir a terapia, y creo que si a los mismos psicólogos nos da pena o vergüenza decir que vamos, ¿cómo esperamos que las demás personas también lo vean como algo normal, positivo y saludable? Para normalizar la terapia, hay que hablar más de ella, empoderarse del proceso terapéutico.

Segundo, aprendemos mucho en terapia. Aprendemos cosas que nos sirven en nuestro desarrollo personal, en nuestro crecimiento individual y también en nuestro trabajo como terapeutas. Elaboramos y entendemos mejor nuestra propia historia, y esto nos permite entender mejor la de nuestros pacientes. Nos hacemos conscientes de los patrones que seguimos repitiendo una y otra vez y aprendemos nuevas alternativas, una mejor manera, una forma más saludable. Disfruto compartir esas cosas, porque uno aprende para poder compartir lo aprendido, o al menos es lo que pienso.

Tercero, creo que como terapeutas, este es uno de esos puntos que no se negocian. Tenemos que ir a terapia o supervisión, no podemos darnos el lujo de descuidar nuestra salud mental y emocional, es nuestra responsabilidad para con nosotros mismos y para con nuestros consultantes. ¡No hay nada peor o más peligroso que un terapeuta que está más revuelto que sus consultantes! Es como una brújula descompuesta, ¡no hay forma de que apunte al norte! Es como un foco dañado, ¡no hay manera que ilumine! ¿Se entiende?

Mientras tanto, yo voy a seguir yendo a terapia, y hablando de ello. Quién sabe, de repente lo que yo les cuento le sirve a alguien con un paciente o cliente, o anima a alguien a ir a terapia o a hablar acerca de su propio proceso. Y todos salimos ganando. - Izzy

Fecha de publicación original: viernes, 18 de abril de 2014

jueves, 4 de diciembre de 2014

¿Razones para acudir a terapia?


La decisión de consultar a un terapeuta o de iniciar un proceso terapéutico es todo un desafío. Yo siempre les recalco a mis pacientes que el simple hecho de haber llegado a esa primera consulta es señal de fortaleza, la puesta en práctica de recursos positivos que lo empujan en busca de sentirse mejor, nada fácil cuando usualmente, cuando uno llega a terapia, ¡se esta sintiendo muy mal!

Cuándo acudir o no a un terapeuta es una pregunta común y recurrente, y podríamos hablar largo y tendido sobre el tema y verlo desde una variedad de perspectivas y abordajes distintos. La verdad, yo creo que no hay que pensarlo tanto, el instinto, la intuición o la tripa (como mas les guste llamarle) usualmente nos tironea en esta dirección cuando sabe que lo necesitamos, y mucho mejor seria, en vez de cuestionarnos si es la decisión adecuada o no, hacerle caso y ver qué tal.

Sin embargo, para quienes les interese, el terapeuta Richard Zwolinski ofrece una serie de listas muy prácticas y convenientes que nos pueden ayudar a tomar una decisión tan importante y decisiva en nuestra vida:

Lista de síntomas.

Según Richard Zwolinski, las siguientes instancias frecuentes o continuas son una buena señal de que quizás nos vendría bien consultar con un terapeuta. Un buen terapeuta (es decir, uno responsable y ético) siempre recomendará descartar condiciones medicas antes de abordar los aspectos psicológicos. Muchas veces, una consulta con un medico o psiquiatra ayuda a aclarar muchas interrogantes, tanto del paciente como del terapeuta, y muchas veces, el abordaje más efectivo es interdisciplinario.

- Tristeza o depresión.
- Temor abrumador o constante.
- Ansiedad o tensión extrema.
- Nerviosismo.
- Histeria.
- Problemas con la memoria.
- Culpa abrumadora.
- Pensamiento disperso o confuso.
- Suspicacia u hostilidad abrumadora.
- Pensamientos extraños o bizarros.
- Problemas de control de impulsos o ira (ya sea verbal, física o psicológica).
- Problemas de identidad (dudas acerca de la sexualidad, significado de la vida del paciente, confusión respecto a metas a largo plazo, decisiones laborales, lealtades a grupos, amistades, etc.).
- Problemas de espiritualidad (cuestiones y problemas morales, religiosos y espirituales, afiliaciones a cultos, etc.).

Lista de estresores vitales.

Los síntomas de la lista anterior pueden ocasionar o influir en diversos estresores vitales, de igual manera en que diversos estresores vitales pueden ocasionar o influir en nuestros síntomas. Lamentablemente existe la tendencia externa a hacernos creer en lo interno que nuestros problemas no son tan graves, o que nuestra incapacidad de lidiar con ellos es una muestra de flaqueza o debilidad. No nos dejemos llevar por esto, cualquier problema que nos provoque perturbación, dolor, tristeza, ira o sufrimiento es suficientemente valido para que busquemos ayuda. Tampoco dejemos que la vergüenza nos detenga, un buen terapeuta esta para escuchar y ayudar, no para juzgar. Además, todo lo que digamos en consulta es confidencial, siempre y cuando nuestra vida o la de otros no estén en peligro.

- Muerte de un familiar o de alguien cercano.
- Divorcio o ruptura sentimental.
- Matrimonio o relación de pareja.
- Enfermedad terminal propia o de un familiar o alguien cercano.
- Incapacidad física, dolor crónico, enfermedad crónica.
- Abuso de drogas o alcohol (propio o de un familiar o alguien cercano).
- Enfermedad mental (propia o de un familiar o alguien cercano).
- Perdida o cambio de trabajo.
- Mudanza, relocalización, migración.
- Cambio de escuela (tanto para niños como adultos).
- Problemas relacionales (dificultad para relacionarse con pareja, familia, amigos, compañeros de trabajo, etc.).
- Problemas académicos (malas notas, inhabilidad para retener información, problemas con maestros y profesores, tiempos de entrega, etc.).
- Problemas ocupacionales (tardanzas, ausencias, problemas con jefes o colaboradores).
- Víctimas de abuso (físico, sexual, emocional y psicológico).
- Víctimas de crímenes.
- Acciones abusivas o criminales por parte propia o de un familiar o persona cercana.
- Soledad extrema /falta de lazos comunitarios o amistosos.

Claro que la lista se queda corta, pero es un buen inicio. ¿La mejor parte? Basta con cumplir con un solo ítem para animarnos a acudir a terapia, y aun si no cumplimos con ninguno y sentimos que lo necesitamos, estamos en todo nuestro derecho (y responsabilidad) de hacerlo. - Izzy

Fragmentos extraidos del articulo “Is Therapy The Right Choice For You?” por Richard Zwolinski.

martes, 10 de diciembre de 2013

Cualidades del terapeuta.


¡Hola! Decidí compartir con ustedes este ensayo que escribí para mi clase de Psicopatología I durante mi licenciatura en Psicología. Me lo reencontré mientras hacia limpieza de papeles y a pesar de tener varios años, me sigue pareciendo relevante, bueno, al menos lo es para mi:

Las cualidades que debe de tener un terapeuta no son tan distintas de aquellas que debería tener cualquier individuo en el ejercicio de su profesión, o de igual forma, que las cualidades que cualquier persona pudiera anhelar tener, con la diferencia de que un terapeuta no puede darse el privilegio de carecer de estas cualidades, o de ser mediocre en su conjunto de cualidades que le hacer ser un terapeuta, ya que de ser así máximo llegará a ser un terapeuta mediocre.

Estas cualidades en si forman un conjunto que parece abarcar tres aspectos fundamentales: conocimientos, valores y sentimientos, y no se puede prescindir de ninguna de ellas. Un terapeuta que sepa mucho pero carezca de ética, o un terapeuta que tiene vastos conocimientos pero es incapaz de establecer rapport con sus pacientes, o un terapeuta que es demasiado emocional mas no tiene idea de lo que hace no alcanzan a llenar las cualidades que les harán ser excelentes terapeutas y excelentes seres humanos. Ser un buen terapeuta es, en cierta forma, muy parecido a ser un buen ser humano y ser un buen ser humano no es tan fácil como lo pintan.

En medio de todo esto se destaca un punto bien importante: el ser autentico. Ser autentico tiene mucho que ver con hacer las cosas de corazón y creer mucho en lo que se hace en por qué se hace, que contribuye a que las cosas se hagan con esmero y dedicación y no simplemente para llenarse los bolsillos con dinero o llenarse el ego con un caso más para la próxima tesis, porque los pacientes siguen siendo pacientes aunque se les llame "clientes" o se les llame "conejillos de indias" para una tesis de doctorado.

También es bueno tener en cuenta que el terapeuta, al igual que el resto de la gente, siempre debería recordar dejar el ego en la puerta antes de entrar al consultorio. - Izzy

jueves, 7 de noviembre de 2013

La elección de terapeuta según Eric Berne.



¡Hola! A continuación les comparto fragmentos del libro “¿Qué dice usted después de decir hola?” por Eric Berne, creador del análisis transaccional.

Berne asignó las relaciones interpersonales a tres estados del ego de las personas involucradas: el estado Padre (el “superyó” de la teoría psicodinámica), Adulto (el “yo” o “ego” de la teoría psicodinámica) y Niño (el “id” o “ello” de la teoría psicodinámica). Entonces investigó la comunicación entre los individuos en función del estado actual de cada uno. Llamó transacciones a estas interacciones interpersonales y uso la etiqueta de “juegos” para referirse a ciertos patrones de transacciones que surgían repetidamente en la vida cotidiana.

Aquí Eric Berne hace referencia al tema de la elección del terapeuta:

A casi todos los terapeutas les gusta pensar que el paciente los escogió a ellos y a su profesión porque en esta elección por lo menos era racional, inteligente y agudo, por muy confuso que estuviera respecto a todo lo demás. Este sentimiento de ser elegido por mérito – el merito de la profesión de uno y también el merito personal - es sano, y es una de las recompensas de nuestra vocación. Todos los terapeutas, por lo tanto, tienen derecho a recrearse en él y a disfrutarlo lo más posible… durante unos cinco o siete minutos. Después de eso, deberían ponerlo en un estante con sus demás trofeos y diplomas, y olvidarlo permanentemente si quieren que el paciente se ponga bien.

Gran cantidad de personas gastan más dinero destruyéndose a sí mismas con licor, drogas y juego que lo que gastarían en la psicoterapia que podría salvarlos.

Si tiene la posibilidad de elegir libremente, el paciente escogerá un terapeuta según las necesidades de su guion… En muchos casos, la elección se ve forzada por consideraciones económicas.

… la mayoría de los pacientes no eligen libremente a los terapeutas sino que son remitidos o asignados por diferentes “autoridades” a un tipo u otro…

Es en la práctica privada, en la que existe la posibilidad de libre elección, donde empiezan a surgir las selecciones “de guion”, particularmente en la elección entre psiquiatras, psicoanalistas, psicólogos… y entre los miembros competentes y los incompetentes de estas profesiones.

Igualmente, al escoger a un psicoanalista, algunos, por razones de guion, escogen al más ortodoxo posible, otros prefieren más flexibilidad y otros van a “analistas” pertenecientes a escuelas independientes. A veces, la edad o el sexo del terapeuta es importante por razones de guion… Los rebeldes a menudo van a terapeutas rebeldes. Las personas con guiones de fracasados escogen los peores terapeutas posibles…

Hay claros indicios de que tres factores están determinados por las directrices del guion del paciente:

1) Si busca algún tipo de ayuda, o solo deja que las cosas sigan su curso.

2) La elección de terapeuta, cuando hay elección.

3) Si la terapia va a tener éxito o no.

Así pues, una persona con guion de fracasada no irá al terapeuta, o puede escoger a uno incompetente. En este ultimo caso, cuando el tratamiento fracasa, él no solo sigue siendo un fracasado, como exige su guion, sino que además tiene otras satisfacciones que saca de su percance; por ejemplo, puede culpar al terapeuta, u obtener una satisfacción por el hecho de ser el “peor” paciente, o alardear de que estuvo en tratamiento diez años con el Dr. X, gastándose miles de dólares, sin ningún provecho.


El análisis transaccional incorpora muchas definiciones que pueden resultar confusas, por lo que incluí un breve glosario de algunos de los términos utilizados arriba:

1. Guion: Un plan de vida basado en una decisión tomada en la infancia, reforzada por los padres, justificado por acontecimientos subsiguientes, y que culmina en una alternativa elegida.

2. Directrices: Mandos (3), patrones (4) y otro material de guion (5).

3. Mandos: Los ajustes, requerimientos (6) y provocaciones (7) que dominan la conducta de guion (8) del individuo.

4. Patrón: Un estilo de vida basado en instrucciones o ejemplos paternos.

5. Material: Estímulos y respuestas paternos con los que el individuo construye su mecanismo de guion (9).

6. Requerimientos: Una prohibición u orden negativa.

7. Provocación: Conducta no adaptable fomentada o exigida por un padre.

8. Conducta de guion: Conducta que parece más motivada por un guion que por consideraciones racionales.

9. Mecanismo: Los siete elementos que componen un guion.

Fragmentos extraídos del libro “¿Qué dice usted después de decir hola” por Eric Berne.