lunes, 26 de enero de 2015

Darle Crédito a Nuestro Pasado… y a Nosotros Mismos.


Según Will Meecham, muchos creemos haber fracasado en alcanzar nuestro potencial y nos culpamos por ello. Hoy en día, con todas las presiones, demandas y expectativas propias y ajenas, es muy fácil caer en el “filtro negativo” y considerarnos un fracaso total, basados en información parcial, particularmente cuando nos comparamos con otros, cosa muy fácil con las redes sociales, donde, irónicamente, también nos presentamos totalmente en base a trozos parciales cuidadosamente seleccionados y editados. 

Creo que al final del día, la meta es, como acostumbro decir a muchos de mis pacientes (y a mí mismo cuando hace falta) ser más compasivos con nosotros mismos. Muchas veces, no nos damos suficiente crédito por nuestros recursos y fortalezas, y fallamos en rescatar nuestros valores positivos, o simplemente los excluimos de nuestras ecuaciones y claro, ¡así cualquiera sale perdiendo!

Todos tenemos una historia, y a menudo, al compararnos, lo hacemos de manera injusta, sin tomar en cuenta que aquello que Fulano o Mengana han logrado y nosotros aun no, quizás no les hubiera resultado posible o se les hubiera hecho igual o más difícil que a nosotros si hubieran pasado por lo mismo. ¡Ojo, no les quito mérito ni a Fulano ni a Mengano, tan solo los invito a que tampoco nos quitemos el mérito a nosotros mismos!

Como nos recuerda Will Meecham, somos producto de nuestro condicionamiento. Si fuimos criados para pensar que no contamos, que aquellas personas en las que confiamos nos van a lastimar, o que jamás llegaremos a ser nada en la vida, no deberíamos echarnos tanta culpa ni responsabilidad por tener dificultades en nuestra vida adulta. La codependencia, desconfianza e inseguridad hace que todo en nuestra vida se vuelva, vea y sienta más complicado y difícil, carreras, relaciones, etc.

Eso sí, siempre hay espacio para sanar y crecer. Lo veo a diario en mis pacientes, a medida que van elaborando sus historias y dándoles significado. Es el arte de ayudar a ese niño herido que todos llevamos dentro a sanar y convertirse en un adulto pleno, saludable y feliz. Es un viaje muy interesante y profundamente inspirador, lo sé como terapeuta, y como paciente a lo largo de mis propios procesos personales, y me siento siempre tremendamente privilegiado por poder acompañar a mis pacientes en este viaje. ¡Que estén bien! - Izzy

Fragmentos extraídos del artículo “5 Tips for Healing after Childhood Adversity” por Will Meecham.

lunes, 19 de enero de 2015

El poder de lo vulnerable.


Según Will Meecham, quienes experimentamos abuso, dolor o negligencia durante nuestras infancias nos sentimos diferentes de aquellos que no. Pareciera que tenemos la piel más delgada, más sensible, y nos lastimamos con más facilidad, lo que nos lleva a retraernos o enfurecernos. Nos sentimos menos confiados y podemos tener problemas de atención. Pero lo que vemos como una vulnerabilidad desde una perspectiva puede ser una fortaleza desde otra.

Son como dos lados de una moneda, la eterna dualidad del ying y el yang o la noción de que toda crisis implica una oportunidad. O nuestra luz y nuestra sombra. Porque muchas veces, de igual manera que negamos, ocultamos o proyectamos en los demás lo que creemos negativo, malo, defectuoso o vergonzoso en nosotros, también lo hacemos con lo positivo, que creemos no poseer o de lo cual aun no estamos listos para empoderarnos.

El espacio terapéutico nos da una excelente oportunidad para enfrentar nuestra sombra y nuestro pasado, reprocesar el trauma del abuso, dolor y negligencia de nuestras infancias y darle un nuevo sentido, nuestro sentido, aquel del que podremos obtener un aprendizaje y que nos permitirá crecer en vez de seguir estancados o hundiéndonos en el dolor, las ausencias y perdidas del pasado.

Toda vulnerabilidad trae consigo el regalo de una fortaleza que ni siquiera sabíamos que poseíamos y lo más lindo de este proceso es que cuando logramos conocer y enamorarnos de esta fortaleza, de este nuevo aspecto de nuestro ser, sucede que también conocemos y nos enamoramos de aquella vulnerabilidad que antes creíamos negativa y que ahora reconocemos como valiosa e intrínsecamente inherente a quienes somos como seres humanos. Los invito a iniciar este hermoso proceso de “darse cuenta” y como me dijo alguna vez una persona muy querida: “¡El día que sepas lo bien que se siente, ni te imaginas!” ¡Que estén bien! – Izzy

Fragmentos extraídos del artículo “5 Tips for Healing after Childhood Adversity” por Will Meecham.

lunes, 12 de enero de 2015

¿Cómo se desarrolla el apego desorganizado?


Siempre les recalco a mis pacientes la importancia de aprender acerca de nuestros patrones de apego, esa dinámica de interacción que aprendemos de nuestros padres o cuidadores primarios, y que nos sirve de esquema básico (nuestro librito) acerca de cómo relacionarnos con los demás (y con nosotros mismos). Conocer nuestro patrón de apego nos ayuda a entender mejor nuestra historia, nuestro comportamiento y nuestras emociones. También nos ayuda a conocer nuestras fortalezas y debilidades, y saber qué es necesario desaprender y aprender. Nuestro patrón de apego, cuando somos muy pequeños e indefensos, nos da la base segura desde la cual exploramos el mundo y nuestro entorno, o la base más insegura en la cual toman raíz nuestros miedos e inseguridades más profundos. 

Según la Dra. Lisa Firestone, el trauma no resuelto y las pérdidas en las vidas de los padres son el mejor predictor de apego desorganizado entre estos y sus hijos. Los padres que han experimentado un trauma en sus primeros años de vida y no lo han resuelto son propensos a involucrarse en comportamientos desorientadores con sus hijos. Lo que impacta el apego entre padres e hijos no es necesariamente qué tan mala fue la infancia de los padres, sino lo mucho que han sido capaces de dar sentido a su pasado y sentir plenamente este dolor, creando de esta manera una narrativa coherente. Más capaces sean las personas de resolver el trauma y el conflicto de sus primeros años de vida, más capaces serán para formar un apego seguro con sus hijos.

El haber tenido experiencias de abuso, negligencia o trauma irresuelto en nuestras vidas tempranas puede tener efectos duraderos que nos dejan vulnerable a sentirnos abrumados por las emociones en momentos de estrés entre nosotros y nuestros hijos. Se estima que el 20-40% de la población general tiene un grado de apego desorganizado, mientras que el 80% de los niños que han sido víctimas de abusos tienen un apego desorganizado hacia sus padres. El apego desorganizado puede ser pasado de generación a generación, debido a que los padres que luchan con traumas irresueltos en sus vidas enfrentan muchos problemas a la hora de tolerar un agama de emociones en sus hijos. Pueden reaccionar a ellos con miedo y otras emociones primarias que salen a la superficie en momentos de estrés. En momentos así, los padres pueden actuar de manera agresiva, atemorizante y destructiva, sin siquiera estar plenamente conscientes de su comportamiento.

Lo importante de esto es saber que los traumas sin resolver y pérdidas de nuestra infancia se pueden trabajar y elaborar en terapia, desaprendiendo los patrones de apego disfuncionales y aprendiendo maneras más sanas para relacionarnos, no solo con nuestros hijos, sino también con nosotros mismos y con los demás. - Izzy

Fragmentos extraídos del artículo “Disorganized Attachment”, por la Dra. Lisa Firestone.

jueves, 1 de enero de 2015

“Metas en el papel y la mente” (colaboración con Karla Jiménez Comrie, publicada en La Prensa, 1 de enero, 2015).


El comienzo del nuevo año trae consigo deseos de renovación que suelen derivar en la redacción “mental” o escrita de propósitos o resoluciones que constituyen una forma de iniciar con optimismo un nuevo ciclo.

Más allá de expresar esos propósitos en negro sobre blanco resultan un acto de contrición o “la revisión consciente de cuánto hemos logrado prosperar al cabo de una anualidad”, define la psicóloga y coach personal, Cynthia Tulipano.

De acuerdo con la especialista, la célebre lista en la que solemos proyectar los anhelos de una mejor silueta o de recibir un incremento salarial, por decir algunos ejemplos, son una forma de crear retos que contribuyen al crecimiento personal y a proyectar, si es posible, “un mundo a la medida”, como decía el novelista español Fernández Santos.

Aunque también vale decir que estos buenos deseos se pueden extraviar en la melopea propia de los festejos de fin de año y el afán excesivo para alcanzar ideales poco realistas.

REDUNDAR EN LO TRIVIAL.

Un artículo publicado por la revista Forbes asegura que son pocas las personas que logran realizar sus propósitos para el Año Nuevo, lo que conlleva a repetir las mismas intenciones en cada enero.

El psicólogo clínico Ezequiel Meilij asegura que según estudios publicados por la Universidad de Scranton, Estados Unidos, solo 1 de cada 12 personas logra cumplir con las disposiciones trazadas.

“Muchas veces nos fijamos metas basadas en demandas y expectativas irreales”, afirma el especialista.

Con este concepto concuerda Tulipano, quien explica que al esbozar “sueños” en lugar de metas concretas no se puede establecer un plan de acción en un tiempo medible para su cumplimiento.

“Nos exigimos de la noche a la mañana cumplir con objetivos fallidos, pensando que se van a concretar por arte de magia”, describe Meilij.

Señala que este comportamiento es una distorsión cognitiva, conocida como “pensamiento mágico”.

DESEOS RECURRENTES.

El portal estadounidense GobiernoUSA.gov identifica el ahorrar dinero, bajar de peso, hacer ejercicio y encontrar un mejor trabajo, como algunas de las resoluciones más comunes al principio de cada año.

A esta lista, Forbes añade los idearios de pasar más tiempo con la familia y culminar los estudios. Son los deseos más recurrentes al inicio de cada año.

No cumplir con estos objetivos conlleva a que las personas continuamente repitan una finalidad con la esperanza de que se ejecuten algún día.

Algo que, según la revista especializada en temas financieros, deja en evidencia “el estancamiento personal y la falta de compromiso” del individuo.

Para Meilij, no obstante, la repetición de un propósito también figura como una oportunidad para “encarar los fines de forma diferente y lograr encaminarlos”.

Es una oportunidad para revaluar las acciones hechas y hacer los ajustes necesarios para lograr los cambios anhelados, reitera.

ESTA VEZ SÍ.

Tulipano explica que para trabajar una meta es necesario deshacerse de las viejas costumbres.

“Hay que hacer sacrificios y dejar de lado la comodidad y [la] gratificación inmediata”, apunta la coach personal, quien señala la importancia de tomar en cuenta todos los aspectos cotidianos.

Las afirmaciones positivas, tanto para el entorno personal como el profesional, resultan provechosas para crear una lluvia de ideas, que según la especialista se debe depurar con objetivos reales que permitan emprender un proyecto.

Recomienda tener prevista una fecha de inicio y un período de finalización para cada objetivo.

“Finalmente, cada propósito deberá ser cuantificable. Es decir, que deberá tener muy en claro el resultado que desea obtener”, recalca.

Por otro lado, Meilij recomienda hallar un punto medio entre las resoluciones personales y aquellas que incluyen a pareja, familia, amistades y colegas, además de otras personas.

Aconseja pensar en deseos que se pueden controlar.

“No podemos garantizar tener buena salud, pero sí podemos resolver, desde hoy, hacer más ejercicio, comer mejor y evitar los excesos”, puntualizó el psicólogo clínico.

Enlace original: http://impresa.prensa.com/panorama/Metas-papel-mente_0_4108839205.html

miércoles, 24 de diciembre de 2014

“Escape de la depresión” (colaboración con Irlanda Sotillo, publicada en Vivir+, La Prensa, 24 de diciembre, 2014).


Navidad no siempre puede ser sinónimo de felicidad, mientras la mayoría de la gente espera la medianoche que anuncia el alumbramiento del Niño Dios y da inicio a la apertura de regalos. Un grupo no tan minúsculo desearía que la fecha desapareciera del calendario.

El fenómeno ha sido asociado a la depresión navideña, y sus causas tienen diversos motivos como la pérdida de un ser querido, el vivir lejos de la familia o atravesar por una difícil situación económica.

Lo primero que hay que diferenciar, según comenta el psicólogo Ezequiel Meilij, es el sentimiento de tristeza del padecimiento de depresión.

El segundo es la prolongación del período de desánimo. “Es una tristeza con mayor gravedad e intensidad que puede llevar al deterioro físico y clínico”.

Para la psicóloga Anilena Mejía, un síntoma de alarma es cuando la persona ha sobrepasado 30 días con la misma actitud. “Algunos se sienten desmotivados, lloran, están irritables. Experimentan mucha ira y pueden llegar a la determinación de acabar con su propia vida”.

Pérdida familiar.

Ante la pérdida de un ser querido es necesario tomarse un tiempo de duelo, y si este coincide con la Navidad, no se debe forzar al afectado a estar de fiesta. “No luche contra las emociones, déjelas fluir”, dice Mejía, al tiempo que Meilij advierte de que “tratar de bloquear el dolor, retener el llanto y pretender estar feliz cuando no lo está impide hacer un proceso adecuado de duelo”.

Sin embargo, asegura que no se debe sentir culpable; al contrario, puede haber espacios para la alegría como el recordar los momentos agradables y emotivos con aquella persona que ya no le acompaña.

Eso sí, evite el aislamiento y comparta con alguna persona que pueda comprender su situación.

Lejos de casa.

La tecnología se hace amiga para acabar con esos sentimientos de soledad, busque apoyo en redes sociales o llamadas virtuales para estar en sintonía con sus familiares, dice Meilij.

Otra forma es practicar las costumbres, ritos navideños de su país y formar grupos entre coterráneos que puedan compartir y convertirse en un apoyo para no sentirse solo.

A falta de dinero.

Mejía plantea que la falta de dinero para comprar regalos exorbitantes son, en realidad, una oportunidad para demostrar cariño y ponerse “creativo”. Una forma de demostrar su amor es haciendo cosas sencillas como hornear un dulce, cocinar una cena modesta, pasar tiempo con esa persona especial, decir “te quiero” y dar un abrazo amplio y sincero, de seguro para ello no es necesario rebozar de dinero.

Enlace original: http://impresa.prensa.com/vivir/Escape-depresion_0_4102839772.html

lunes, 15 de diciembre de 2014

¿Cómo evitar el “filtro negativo” en tu relación de pareja?


La relación de pareja es un proyecto en constante evolución y movimiento, ¡por momentos parece todo un acto de equilibrio y malabarismo! Hay días en que nos maravillamos de la sincronía que compartimos con nuestra pareja. Somos el equipo perfecto. “¡Nos leemos la mente!” Y, bueno, a veces es todo lo contrario. ¡No damos pie con bola! Nos tropezamos, tambaleamos y caemos de bruces (o de nalgas). Pareciera que estamos en equipos contrarios. “¡Pareciera que hablamos idiomas diferentes!”

Según John y Elaine Leadem cuando nuestra relación de pareja pasa por un período de salud romántica pobre, valoramos menos a nuestra pareja, y por causa y efecto esta nos valora menos. Esto se debe a que durante estos periodos difíciles, nuestra tendencia es a ver solo lo negativo de nuestra pareja (en terapia cognitivo conductual llamamos a esta distorsión cognitiva “filtro negativo”).

Cómo solo estamos viendo lo malo (o lo que percibimos subjetivamente como malo) en nuestra pareja, cada vez toleramos menos su comportamiento (¡las mismas cosas que antes nos fascinaban ahora nos irritan!) y nuestra atención se desvía, llamado nuestra atención a todos esos aspectos en los que nuestra “media naranja” nos está dañando la calidad de vida.

Lo malo de todo esto es que este comportamiento es contagioso, no falta mucho para que ambos integrantes de la pareja nos encontremos bailando al mismo son, ¡el son de todo un tango de la muerte!

Como somos seres humanos, también tenemos la tendencia de negar lo que percibimos como malo o negativo en nosotros, y para defendernos, lo proyectamos en los demás; en este caso, en nuestra pareja. Así, toda la culpa la tiene el, o ella, y no nos percatamos (ni hacemos responsables) de nuestra parte en el asunto. Si, esto también es contagioso.

Cuando estamos enroscados en este tipo de pensamiento y conducta, donde solo vemos lo malo y lo negativo en la otra persona (no solo desconociendo lo bueno en ella, sino también desconociendo lo malo en nosotros mismos), se dificulta invertir comprensión y apoyo en la relación.

¡Ninguno de los dos quiere dar el brazo a torcer!

Si nuestra relación podía verse como una suerte de inversión romántica, ya no queremos seguir invirtiendo; es más, ¡hasta pensamos en retirar los fondos y cerrar la cuenta!

Nos empezamos a preguntar qué nos pasó, porque esto de estar en una relación dejó de ser divertido y lindo y se está sintiendo cada vez más como una carga, una tortura, un tormento, una obligación… ¡un trabajo (y uno que no nos gusta)!

Quizás es por eso que cuando trabajamos problemas de relación, ya sea en consultas individuales o de pareja, sin importar que tan mal estén las cosas, instamos a nuestros pacientes a hacer un esfuerzo (aunque en el momento cueste mucho) por buscar y evocar los aspectos positivos, tanto de la relación como de la pareja. Porque si no tenemos los positivos para tratar de balancear esa lista de negativos, ¡no se salva nadie!

Es más, no esperen a que surja el conflicto (y si, en toda relación de pareja saludable debe de haberlo), dense a la tarea de crear una lista con todas esas cosas buenas, bonitas, positivas, fascinantes, emotivas y demás que su pareja despierte en ustedes, así la tienen a mano si en algún momento llegan a necesitar un recorderis. ¡Que estén bien! - Izzy

Fragmentos extraídos de “How You Can Nourish a Healthy Romance” por John y Elaine Leadem.

jueves, 4 de diciembre de 2014

¿Razones para acudir a terapia?


La decisión de consultar a un terapeuta o de iniciar un proceso terapéutico es todo un desafío. Yo siempre les recalco a mis pacientes que el simple hecho de haber llegado a esa primera consulta es señal de fortaleza, la puesta en práctica de recursos positivos que lo empujan en busca de sentirse mejor, nada fácil cuando usualmente, cuando uno llega a terapia, ¡se esta sintiendo muy mal!

Cuándo acudir o no a un terapeuta es una pregunta común y recurrente, y podríamos hablar largo y tendido sobre el tema y verlo desde una variedad de perspectivas y abordajes distintos. La verdad, yo creo que no hay que pensarlo tanto, el instinto, la intuición o la tripa (como mas les guste llamarle) usualmente nos tironea en esta dirección cuando sabe que lo necesitamos, y mucho mejor seria, en vez de cuestionarnos si es la decisión adecuada o no, hacerle caso y ver qué tal.

Sin embargo, para quienes les interese, el terapeuta Richard Zwolinski ofrece una serie de listas muy prácticas y convenientes que nos pueden ayudar a tomar una decisión tan importante y decisiva en nuestra vida:

Lista de síntomas.

Según Richard Zwolinski, las siguientes instancias frecuentes o continuas son una buena señal de que quizás nos vendría bien consultar con un terapeuta. Un buen terapeuta (es decir, uno responsable y ético) siempre recomendará descartar condiciones medicas antes de abordar los aspectos psicológicos. Muchas veces, una consulta con un medico o psiquiatra ayuda a aclarar muchas interrogantes, tanto del paciente como del terapeuta, y muchas veces, el abordaje más efectivo es interdisciplinario.

- Tristeza o depresión.
- Temor abrumador o constante.
- Ansiedad o tensión extrema.
- Nerviosismo.
- Histeria.
- Problemas con la memoria.
- Culpa abrumadora.
- Pensamiento disperso o confuso.
- Suspicacia u hostilidad abrumadora.
- Pensamientos extraños o bizarros.
- Problemas de control de impulsos o ira (ya sea verbal, física o psicológica).
- Problemas de identidad (dudas acerca de la sexualidad, significado de la vida del paciente, confusión respecto a metas a largo plazo, decisiones laborales, lealtades a grupos, amistades, etc.).
- Problemas de espiritualidad (cuestiones y problemas morales, religiosos y espirituales, afiliaciones a cultos, etc.).

Lista de estresores vitales.

Los síntomas de la lista anterior pueden ocasionar o influir en diversos estresores vitales, de igual manera en que diversos estresores vitales pueden ocasionar o influir en nuestros síntomas. Lamentablemente existe la tendencia externa a hacernos creer en lo interno que nuestros problemas no son tan graves, o que nuestra incapacidad de lidiar con ellos es una muestra de flaqueza o debilidad. No nos dejemos llevar por esto, cualquier problema que nos provoque perturbación, dolor, tristeza, ira o sufrimiento es suficientemente valido para que busquemos ayuda. Tampoco dejemos que la vergüenza nos detenga, un buen terapeuta esta para escuchar y ayudar, no para juzgar. Además, todo lo que digamos en consulta es confidencial, siempre y cuando nuestra vida o la de otros no estén en peligro.

- Muerte de un familiar o de alguien cercano.
- Divorcio o ruptura sentimental.
- Matrimonio o relación de pareja.
- Enfermedad terminal propia o de un familiar o alguien cercano.
- Incapacidad física, dolor crónico, enfermedad crónica.
- Abuso de drogas o alcohol (propio o de un familiar o alguien cercano).
- Enfermedad mental (propia o de un familiar o alguien cercano).
- Perdida o cambio de trabajo.
- Mudanza, relocalización, migración.
- Cambio de escuela (tanto para niños como adultos).
- Problemas relacionales (dificultad para relacionarse con pareja, familia, amigos, compañeros de trabajo, etc.).
- Problemas académicos (malas notas, inhabilidad para retener información, problemas con maestros y profesores, tiempos de entrega, etc.).
- Problemas ocupacionales (tardanzas, ausencias, problemas con jefes o colaboradores).
- Víctimas de abuso (físico, sexual, emocional y psicológico).
- Víctimas de crímenes.
- Acciones abusivas o criminales por parte propia o de un familiar o persona cercana.
- Soledad extrema /falta de lazos comunitarios o amistosos.

Claro que la lista se queda corta, pero es un buen inicio. ¿La mejor parte? Basta con cumplir con un solo ítem para animarnos a acudir a terapia, y aun si no cumplimos con ninguno y sentimos que lo necesitamos, estamos en todo nuestro derecho (y responsabilidad) de hacerlo. - Izzy

Fragmentos extraidos del articulo “Is Therapy The Right Choice For You?” por Richard Zwolinski.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

¿Cómo se expresa el apego desorganizado en los niños?


Una infancia con déficits o conflictos con nuestros cuidadores primarios es un predictor importante de dónde nos va a encontrar parados el presente en el continuo de la salud y la disfunción. Por eso me parece tan importante conocer y entender nuestra historia de vida, particularmente nuestro patrón de apego, aprendido de nuestros cuidadores primarios y repetido a lo largo de nuestra vida en cada una de nuestras interacciones con los demás.

Lo veo en cada paciente que me comparte frases como: “Me estoy convirtiendo en mi padre…” o “No quiero hacerle a mis hijos lo mismo que hizo mi mamá conmigo…” Si no conocemos bien nuestra historia, estamos destinados a repetirla.

Según la Dra. Lisa Firestone, todos nacimos con el instinto innato de buscar el cuidado, la protección y seguridad de parte de nuestros padres o cuidadores primarios. Necesitamos de ellos, y tristemente, esto es válido tanto si nos tocaron padres buenos (o suficientemente buenos) o padres malos (o no tan buenos), negligentes, abusivos, ausentes, disfuncionales o simplemente unos con tantos traumas propios sin resolver que carecían de los recursos emocionales necesarios para cumplir con su tarea.

Cuando el comportamiento de nuestros cuidadores primarios es impredecible, atemorizante, negligente, peligroso, caótico, etc., se conjugan los elementos necesarios para que resulte un patrón de apego desorganizado. Es simple, tan solo traten de imaginar a un niño indefenso tratando de obtener seguridad, protección y cuidado de parte de cuidadores que no son aptos para ello.


¿Cómo expresan el apego desorganizado los niños?


Imaginemos una habitación con dos niños y sus cuidadores primarios. Uno de los niños, llamémosle Fabián, tiene una relación de apego seguro con sus padres. El otro, una niña de nombre Fabiola, ha desarrollado un patrón de apego desorganizado con sus cuidadores.

Ambos cuidadores abandonan la habitación y dejan solos a los niños. Ambos se muestran terriblemente molestos por la ausencia de sus cuidadores. Lloran, patalean, se revuelcan por el piso, patean los juguetes que hay a su alrededor, están inconsolables. 

Al rato, ambos cuidadores regresan. Fabián, aun molesto, corre a los brazos de su madre, en busca de confort y apapachos. Tras recibirlos, se calma y minutos más tarde, está jugando tranquilamente, como si nada hubiese pasado.

La reacción de Fabiola es diferente. Ella tiene sentimientos encontrados acerca de la reunión. Corre a los brazos de su padre, pero en cuestión de segundos forcejea brevemente con este y se aleja corriendo hasta llegar al rincón de la habitación, donde se hace una bolita.

Si, su primer impulso fue el de correr hacia su cuidador primario en busca de confort, pero no tardo mucho en recordar el temor que provoca estar cerca de él. ¡Qué sentimientos tan contradictorios! ¿Cómo lidia con ellos una peque indefensa como Fabiola? Como cualquier otro niño en su situación, formando un patrón de apego desorganizado con sus cuidadores primarios.

Lo que Fabiola ignora es que este primer patrón de relación con sus cuidadores primarios será la base para todas sus relaciones futuras, desde sus amiguitos y maestros en el colegio, hasta sus superiores en el trabajo, su pareja y, no sorprendentemente, sus propios hijos. 

Las perdidas, ausencias y traumas de la infancia, así como los patrones de apego aprendidos y adquiridos, se perpetuán a lo largo de nuestra vida como un ciclo vicioso hasta que decidimos hacer algo para cambiar la historia o guion de nuestra propia existencia. 

Si se sintieron identificados con Fabiola, y les gustaría aprender patrones más sanos para relacionarse con ustedes mismos y con los demás (porque el amor empieza por casa), los invito a hacer el ejercicio de iniciar un proceso de desarrollo individual y crecimiento personal, ¡de seguro aprenden mucho sobre sus fortalezas y recursos ocultos que les serán de mucha ayuda en su presente y en su futuro, y les ayudará a entender mejor (y a hacer las paces con) su pasado. ¡Estén bien! – Izzy


Fragmentos extraídos del artículo “Disorganized Attachment” por la Dra. Lisa Firestone.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

¿Una crisis de la edad media para cada década de tu vida?


Yo no sé si a ustedes les pasa, pero pareciera que la famosa “crisis de la edad media” se ha convertido en una serie de crisis que nos dan por décadas, y cada vez que cambiamos (o nos acercamos a cambiar) de digito decimal en nuestra edad, nos entra la crisis, en parte por las demandas y expectativas que nos hemos impuesto, en parte por las que nos impone la sociedad y el entorno. 

El cuento ahora es que los 30 son los nuevos 20, los 40 los nuevos 30 y los 50 los nuevos 40, como si vivir una década desfasada fuera la solución para sentirnos a gusto con nuestra edad y nuestro momento en la etapa particular de nuestra vida en la que nos encontremos cuando la dichosa crisis nos sale al paso.

Se supone que tienes que lograr no sé cuantos hitos, metas y objetivos antes de llegar a los treinta, ni les cuento si están llegando a los cuarenta y todavía tienen asignaturas pendientes en su lista de “cosas que debí lograr antes de los 30… ¡y de los 20!”. Con tanta presión impuesta y autoimpuesta, ¿¡quien no se deprime!?

A la consulta llegan muchas personas atravesando estas crisis, con sus sumas y sus restas, y por supuesto que puedo empatizar, me ha tocado estar ahí, me toca estar ahí y me tocará estar ahí en la medida que el reloj sigue avanzando y las décadas se acumulan y uno escucha esa canción que tanto le gusta en la radio y se percata de que ya pasaron veintitantos años desde que la escucharon por primera vez siendo adolescentes.

Leyendo un artículo de Garrett Johnson al respecto, me tope con una infografía muy interesante, de la que extraje algunos puntos que me llamaron la atención, para compartir con ustedes:

- Quienes hacen lo que aman y realizan sus sueños son menos propensos a sufrir una crisis de edad media.

- Quienes ponen la mayor parte de sus esfuerzos en cuidar a los demás y muy poco en sus propios intereses son más propensos a sufrir una crisis de edad media.

- En los hombres, la edad promedio para la crisis de la edad media es a los 43, con una duración promedio de 3 a 10 años. Las razones más comunes son el temor a envejecer, a no realizar los sueños, a perder el atractivo, a la enfermedad y a la muerte. 

- En las mujeres, la edad promedio para la crisis de la edad media es a los 44, con una duración promedio de 2 a 5 años. Las razones más comunes son la ausencia repentina de los hijos, cambios en el estilo de vida que permiten más oportunidades, la menopausia, cambios biológicos y psicológicos y el cuestionamiento de haber o no vivido a la altura de su potencial. 

- Eres susceptible de experimentar una crisis de la edad media si estas inusualmente preocupado por tu salud, repentinamente quieres cambiar tu físico (particularmente por medio de la cirugía estética), quieres hacer cosas para sentirte joven, repentinamente sientes que tienes que vivir cada momento al 100%, te encuentras preguntándote “¿esto es lo mejor/más interesante que se va a poner mi vida?”

Sea como sea, podemos ver estas crisis como algo negativo o como algo positivo, y es que en verdad son un poco de ambos. En la medida que subimos la colina de la vida, ganamos y perdemos, sumamos y restamos, y tenemos la increíble oportunidad de hacer balance a nuestra existencia, corregir el rumbo, aprender de lo bueno y lo malo, y apreciar en su justa medida lo que fue y ya no será y lo que está por venir aun. Alguien dijo por ahí que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y nadie sabe lo que de lo que se estaba perdiendo hasta que llega lo nuevo. Bueno, las crisis de la edad media para cada década de nuestra vida sirven para recordárnoslo. - Izzy 

Fragmentos extraídos del artículo “How 30 Year Olds Should Handle A Mid-Life Crisis”, por Garrett Johnson.

viernes, 31 de octubre de 2014

¿Qué es el apego desorganizado?


Dime tu patrón de apego y te diré quién eres…” Es tal cual como suena. Nuestro patrón de apego, aprendido de nuestra primera y más temprana relación con nuestros padres o cuidadores primarios, determina nuestra relación con los demás, con el mundo y con nosotros mismos. Puede ser nuestra base segura, desde la cual nos lanzamos a explorar el mundo, o la base más insegura, desde la cual nos escondemos de nuestros miedos más primarios.

Hay varios tipos de apego, desde el más saludable, el apego seguro, al más disfuncional, el apego desorganizado. Este patrón de apego me explica por qué muchos de mis pacientes se sienten desbordados en situaciones de estrés con sus hijos y pierden el control, dando rienda suelta a una ira, enojo y agresión tan intensos como conflictivos, porque quieren controlarse a toda costa, pero hacerlo parece imposible.

Cuando me comparten y relatan su historia, los traumas y pérdidas se hacen evidentes, al igual que lo disfuncional de sus patrones de apego más tempranos, y ayudarles a entender y dar sentido a su relación de apego con sus padres, y cómo se traduce a su relación con sus hijos, es una parte tan vital del proceso terapéutico como el ayudarles a reprocesar sus historias traumáticas y pérdidas.

Según la Dra. Lisa Firestone, cuando un niño tiene un patrón de apego ideal, sus padres o sus cuidadores primarios le proveen de una base segura a partir de la cual puede aventurarse a explorar su entorno de manera independiente, sabiendo que puede regresar a un lugar seguro. Cuando los padres o los cuidadores primarios son abusivos, el infante puede experimentar el abuso físico y emocional y el comportamiento atemorizante como amenazantes.

Esto lo pone en un dilema porque sus instintos de supervivencia le indican que se aleje del peligro y busque seguridad, pero la seguridad podría bien estar representada por las mismas personas que lo atemorizan. En este caso, la figura de apego (la persona con la que el infante establece su patrón de apego) es también la fuente de malestar del niño. Bajo estas condiciones, los niños a menudo se disocian de si como mecanismo de defensa. Pueden sentirse separados o escindidos de lo que les está sucediendo. Lo que experimentan puede quedar bloqueado de su consciencia. Los niños bajo este estado conflictivo desarrollan apegos desorganizados con sus figuras parentales.

El apego desorganizado nace del miedo sin solución. Los padres pueden atemorizar a sus niños de muchas maneras, tanto conscientes como inconscientes. Pueden hacerlo a través del abuso y la negligencia, pero también debido a traumas irresueltos y pérdidas en sus vidas que les ha dejado con sus propios sentimientos de temor tan abrumadores que impactan y obstaculizan la formación de una relación de apego saludable con el niño.

Si algo de esto les resuena con su propia historia, los invito a buscar ayuda terapéutica para poder superar aquellos traumas y pérdidas de su infancia que les perturban en su presente y afecta sus relaciones con los demás y a aprender patrones de apego más saludables. - Izzy

Fragmentos extraídos del artículo “Disorganized Attachment”, por la Dra. Lisa Firestone.